domingo, 10 de febrero de 2008

el sinverguenzon

El sinvergüenza es un personaje que prolifera en todo el mundo, los hay de diferentes categorías, razas, en los distintos estratos sociales que compone el género humano, y no le importa “el qué dirán”.

Pero existe una aparente subespecie del homo sapiens, que es el “sinvergüenzón”, que difiere muy poco, del sinvergüenza. El “sinvergüenzón”, con un desdoblamiento de su personalidad, trata de proyectar una imagen diferente para ser acogido en los círculos sociales.

Hay “sinvergüenzones” en los ámbitos políticos, gubernamentales, religiosos, comerciales y en otras esferas.

El sinvergüenza desconoce la seriedad, no piensa en los demás, es vago. A algunos no les importa andar descuidados, sucios, borrachos, maldicientes, viciosos, acosadores de las mujeres del servicio, de las hijas del vecino, de las primas, reduce el aprecio de su entorno familiar, si es que lo tiene; y sólo, con suerte, su madre es la única que lo quiere.

En la política, el sinvergüenza se provee de carnets de todos los partidos para sacar ventaja económica. Si tiene pareja e hijos, no se ocupa de ellos, prefiriendo convertirse en prófugo de la justicia. Vive pidiendo, coge prestado y no paga.

Al sinvergüenza, como todo el mundo conoce sus defectos, lo tratan con mucho cuidado, pero no así al sirvergüenzón, que es un personaje peligroso e introvertido, y ante la sociedad trata de proyectar una imagen de bondad, de hombre pacífico, honesto, de “buena gente” y caballeroso, pero en la intimidad es otra cosa, y es allí donde revela su verdadera personalidad.

Recuerdo durante una visita a Colombia, un compañero de viaje, persona muy “seria” y moralmente “honesta” ante la sociedad, cuando se vio allí solo, sin su pareja, fue a la zona de tolerancia de Bogotá, para satisfacer sus apetitos carnales con mujeres públicas. Para nosotros fue una desagradable sorpresa ver a este “honorable señor”, demostrar la fragilidad de su imagen al exponer su verdadera personalidad. Era un “sinvergüenzón” a carta cabal.

En mi adolescencia, conocí a un comerciante que tenía el apodo de Don Tontón, era un personaje que proyectaba una imagen patriarcal, y con un admirable “espíritu de servicio”. Mujer que iba a su establecimiento a adquirir una mercancía, y aunque careciera de dinero, éste se la suministraba a crédito.

Sin embargo, esto no lo hacía con todo el mundo, sino con ciertas mujeres físicamente agraciadas. Pero, en horas de la noche, Don Tontón, que no hacía honor a su apodo, porque de tonto no tenía nada, salía bien vestido y perfumado, a “cobrarles” a sus deudoras.

Es difícil descubrir al “sinvergüenzón”, pero a veces, cuando ingieren dos o tres copas, en círculos de amigos, éstos dejan ver su verdadera personalidad, se desinhiben y hasta revelan sus extraviadas preferencias sexuales, para su propia vergüenza.

Si al leer este relato se sonríe es porque en su cercanía hay un solapado “sinvergüenzón”, pero al igual que al sinvergüenza hay que aceptarlo penosamente, aún con sus defectos, porque también no estamos exentos de ser tentados a engrosar la fila de esta creciente subespecie.

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